




Galia
Galia empezó de la peor manera: con dos días de vida, alguien la metió en una bolsa y la dejó en un contenedor. Una persona la encontró y la sacó adelante durante su primer mes, hasta toparse con algo que la superaba: Galia no movía bien las patas traseras y necesitaba pruebas y rehabilitación. Así llegó al santuario.
La rehabilitación no le devolvió la movilidad completa, pero a ella eso nunca pareció frenarla. Con su silla y su arnés va donde quiere, con una cabezonería que ya es marca de la casa: al crecer se hizo tan fuerte y tan suya que acabó repartiendo cabezazos a los perros que se le acercaban demasiado.
La excepción siempre fue Martín, su compi trueno: el perro al que más ha tolerado y su compañero de carreras — dos sillas de ruedas levantando polvo a la hora de la comida. Hoy Galia ha crecido mucho más que él, y pasa la mayor parte del tiempo con Buñuelo: donde está uno, está la otra.
Amadrinar a Galia es sostener sus cuidados y sus ruedas, y acompañar de cerca una de las historias con más energía de este lugar.
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Tu amadrinamiento es un compromiso con la vida. Gracias a tu ayuda, los animales rescatados reciben la alimentación y los cuidados necesarios para vivir felices.
Cada habitante recibe una dieta equilibrada, rica en nutrientes esenciales para su bienestar.
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Aseguras que viva en un espacio protegido, libre de explotación y rodeado de libertad.
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Ana «villana»
Apareció en la calle con una secuela de traumatismo y mucho carácter. Hoy es juguetona y tranquila, pero el título de «villana» no se lo quita nadie.






