








Ariel
Ariel llegó con una semana de vida y una historia que costaba escribir: su propia madre le mutiló las dos patas traseras siendo un recién nacido, y vino al mundo con un solo riñón. Sobrevivió a todo aquello y creció aquí, entre colchones, mantas y especies de todos los tamaños.
Fue uno de los animales más empáticos que han pasado por el santuario. Cuidaba de los gatos atáxicos y, aunque era un poquito efusivo cuando se ponía muy contento —los saltos sobre sus mantas eran marca de la casa—, con Desdentá tenía un cuidado infinito: estaban siempre juntos y le daba igual que se le cayera encima o que se apoyara en él. Se crió con Fionna, la cerdita, que se acostaba a su lado a propósito porque ahí encontraba tranquilidad. Con Martín compartió el título de loco oficial de los colchones y las mantas. Y acompañó a animales en situaciones muy graves: era de los que se quedan al lado.
Su único riñón no pudo más. El 30 de junio de 2026 lo despedimos: la medicación le regaló un último momento de lucidez y lo aprovechó como era él, saltando y repartiendo besos, despidiéndose con muchísimo amor después de semanas de lucha.
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